Resultados Elecciones Pais Vasco 2016: Un paseo por el falso oasis vasco de Urkullu

A todo aquel que pis Bilbao en la dcada de los 80, una ciudad golpeada por el terrorismo, la herona y el paro de la reconversin industrial, su transformacin en paraso pequeo burgus, que seduce tanto al estudiante Erasmus como al turista intercontinental hambriento de pinchos y estrellas Michelin, no deja de sorprenderle en cada retorno. Paseando por la rivera de la hoy coqueta ra de Nervin, destacan tres edificios -el nuevo San Mams, el museo Guggenheim y la torre Iberdrola- que simbolizan el esplendor econmico de una urbe y de un Pas Vasco en el que la socializacin del confort, tras el final de la violencia, ha hecho olvidar la socializacin del conflicto con la que ETA, y sus muchos cmplices por accin u omisin, justificaron dcadas de delirio sanguinario. Una sociedad voluntariamente anestesiada en su cotidianidad que, sorda a las palabras del escritor Ramiro Pinilla, quiere pasar pgina de su pasado sin haberla ledo antes.

Tradicional feudo del pragmtico PNV vizcano, donde el alcalde Juan Mari Aburto gobierna cmodamente con el apoyo de los socialistas, Bilbao ejemplifica aquella definicin de una sociedad hecha partido que plasm Gregorio Morn en Los Espaoles que dejaron de serlo. Una ciudad que, a primera vista, luce como una metrpoli moderna, confortable, polticamente asptica, limpia de toda la parafernalia etarra que coloniz el espacio pblico. Cuesta encontrar algn smbolo cargado de ideologa, ms all de un par de ikurrias, una bandera de presoak kalera, pegatinas de la izquierda abertzale desgastadas por el paso del tiempo y el olvido, y varios carteles de la marcha del 8-M…

En los das previos al decreto de alarma, cuando este cronista accidental vuelve a el bocho, era difcil pescar al vuelo en los todava repletos restaurantes y bares, en las plazas, en el bar del hotel Carlton donde saben que el exceso de hielo es incompatible con el buen gintonic, entre los estudiantes que salan de la jesutica Universidad de Deusto, una sola mencin a las elecciones al Parlamento vasco convocadas (entonces) para el 5 de abril. Ahora tras el golpe sufrido por el coronavirus, ese distanciamiento con el debate poltico se ha agudizado. La cita con las urnas del 12 de julio apenas despierta inters por la falta de alternativas: nadie duda de que en la nueva normalidad vasca seguir gobernando el viejo PNV. As lo indican los sondeos, que vaticinan una cmoda mayora de 31 escaos para Iigo Urkullu -ayer lanz su campaa-, que no sufrira desgaste por la crisis sanitaria.

A pesar de que el virus ha desmontado la idea de que el Gobierno vasco era un excelente gestor, de que tenamos la mejor sanidad de Espaa, esta crisis ha reforzado a Urkullu al estar permanentemente en los medios, mientras la oposicin ha quedado silenciada e inexistente, seala Kepa Aulestia, impulsor del Pacto de Ajuria Enea contra ETA y secretario general de Euskadiko Ezkerra entre 1985-90.

Esta segura victoria el 12-J del partido del equilibrismo moral, el que aplic con disciplina ignaciana la cnica teora de Arzalluz de que otros mueven el rbol para nosotros recoger las nueces, se cimenta en su habilidad para sacar ms y mejores rditos al final de la violencia de ETA. El PNV vive sus aos ms dulces porque no tienen ni oposicin ni alternativa, mucho menos con el PSE en el Gobierno de Vitoria y Snchez en el de Madrid, seala Aulestia, quien cree que uno de los sntomas que explican el momento actual es la ausencia de toda pulsin de cambio en la muy conservadora sociedad vasca: no hay ganas de meterse en aventuras una vez superada la de ETA.

Una realidad que utilizar el PNV en esta campaa antes del 12-J, basada en la vindicacin del concierto econmico y situar el paro por debajo del 10%. El poder del PNV sigue siendo monoltico y la presidencia del socialista Patxi Lpez (2009-2012) un viejo espejismo. Las nicas estridencias que detecta la mirada rpida del cronista accidental en una tranquila maana bilbana antes del virus son las bocinas del centenar de jubilados, pauelo rojo enlazado en el cuello, que se renen cada lunes desde 2018 delante del ayuntamiento en defensa de unas pensiones dignas. Yayoflautas bullangueros, persistentes en su acusacin al Gobierno de Snchez de estar incumpliendo los compromisos polticos que les llevaron a la Moncloa, pero tambin sealando al PNV por corrupto y corruptor.

En la hoja fotocopiada con ms voluntad que destreza que reparten a los transentes, enumeran muchas corrupciones y corruptelas municipales del PNV, que apenas han tenido reflejo estos aos en la esfera meditica vasca, y sobre todo el caso que fulmin recientemente la pretendida honestidad del partido nacionalista: la condena a Alfredo de Miguel, ex nmero dos peneuvista en lava, y otros cargos por montar una red de contratos ilegales con administraciones gobernadas por los nacionalistas.

Ofrenda frente al Ayuntamiento de Eibar (Guip
Ofrenda frente al Ayuntamiento de Eibar (Guipzcoa) por los dos fallecidos en el vertedero.

Urkullu, sin rechazo pero sin entusiasmo

El PNV no ha sufrido ni un rasguo por su corrupcin. Como tampoco se ver salpicado el lehendakari Urkullu, burcrata que ha sabido construir un slido liderazgo merced a su capacidad de no entusiasmar a nadie, pero tampoco de provocar rechazo, por la crisis social y medioambiental de Zaldvar. El derrumbe el 6 de febrero de un vertedero de residuos junto a esta localidad que provoc la muerte de dos empleados, cuyos cuerpos siguen desaparecidos entre los escombros. Hubo algunas protestas, algo de ruido, pero los vascos siguen considerando al PNV como el partido que sabe gestionar bien. Una aurea de imbatibilidad que se palpa en el histrico batzoki de Abando, en calle Henao, a tres manzanas de la casa de Sabino Arana. Abarrotado de jubilados tan cercanos en lo generacional pero tan lejos en lo ideolgico a los que minutos antes clamaban por unas pensiones dignas, parecen despreocupados por las noticias del avance del virus. La oferta culinaria es amplia: pinchos en la barra, cerveza, vino, sidra y un completo men. Tanto como su moral de victoria.

Con un destacado papel en la batalla intelectual contra el nacionalismo, Joseba Arregi cree que otro de los secretos del capital poltico del PNV es el poder de colocacin que tiene, todos los puestos de trabajo que dependen directa o indirectamente de las administraciones que tiene bajo su control. Una red clientelar engrasada con los buenos resultados electorales del PNV que le permiten controlar instituciones y la caja vasca.

Para el analista Jos Antonio Zarzalejos, Urkullu est sabiendo encarnar la figura del hroe de la retirada del nacionalismo a posiciones ms templadas, captando mucho votante de centro del PP que no ve amenazada la continuidad del Pas Vasco en el conjunto de Espaa y valora su gestin al frente del Ejecutivo comunitario. Eso explicara que la sangra de votos sufrida por el PP no la haya aprovechado ni Ciudadanos ni Vox, todava sin representacin institucional.

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Iigo Urkullu, con los diputados generales de lava, Guipzcoa y Vizcaya.

« Soberanas compartidas con el Estado »

El hecho de que el autogobierno tenga una presencia rutilante en Euskadi, ms que en Catalua -subraya Zarzalejos-, permite al PNV fijarse objetivos ambiciosos para los prximos cuatro aos y plantear una poltica de soberanas compartidas y relaciones bilaterales con el Estado. Menos evidente que el unilateralismo cataln, pero igual de amenazante para la unidad de Espaa. Esta fina lnea entre el actual autogobierno vasco y una independencia respecto al conjunto de Espaa ms que simblica tiene dos enganches: la gestin de la Seguridad Social y el reconocimiento de Euskadi como nacin, que el PNV va a intentar esta legislatura, aprovechando la dependencia de Snchez de sus votos en el Congreso.

El discurso poltico de Euskadi post terrorista beneficia al PNV, que no hizo nada durante los aos duros, se puso de perfil. Era un win-win antes, y lo es ahora para el nacionalismo vasco. Y lo peor es que eso en Madrid se celebra y se alaba, lamenta Antonio Rivera, catedrtico de Historia Contempornea en la Universidad del Pas Vasco. Entre las falsedades que promueve el PNV est el incumplimiento por parte de la Administracin central del Estatuto de Gernika, as como la idea de que durante los aos de ETA hubo dos bandos, y no asesinos y vctimas.

Uno de los focos de resistencia al poder del PNV se encuentra a escasos quince kilmetros del centro de Bilbao, en Portugalete, donde Mikel Torres, secretario general del PSE de Vizcaya, afronta su cuarto mandato seguido como alcalde. Situado en la obrera margen izquierda de la ra y frente al acomodado y peneuvista Getxo, Portugalete sufri durante aos los efectos de la kale borroka. Especialmente trgico fue el ataque con coctel molotov a la Casa del Pueblo socialista, en abril de 1987, que provoc la muerte de Maite Torrao y Flix Pea. Una herida que no ha cicatrizado an, por mucho que algunos intenten borrar sin un acto previo de contricin por parte de los verdugos. Hay quienes desean olvidar demasiado rpido, es cierto que la despolitizacin de la sociedad vasca es un sntoma de la la normalidad que vivimos y de la necesidad de superar la etapa de ETA y la quiebra social que busc el plan Ibarretxe, considera Torres. Un discurso que no comparten representantes del laminado constitucionalismo civil vasco, donde impera el pesimismo por la situacin de entrega del PSE al relato nacionalista tras su alianza en Vitoria y en el Congreso desde la mocin de censura contra Rajoy. Un reparto de poder y apoyos parlamentarios en el que la izquierda abertzale es el tercer beneficiado.

La galaxia de partidos, asociaciones y corrientes que forma EH Bildu, despus de mirarse en el espejo del separatismo cataln buscando un efecto contagio, ha cambiado su estrategia. Cree que es un mal negocio radicalizar en exceso su discurso e intenta, como con su pacto con PSOE y Podemos en el Congreso para derogar la reforma laboral, presentarse como una opcin pragmtica. Capaz incluso de tejer una alianza alternativa al PNV con socialistas y Podemos, porque si a algo aspira la izquierda abertzale es desbancar a Urkullu del poder, no compartirlo con l.

La concepcin de la poltica de Bildu no es convencional, no es un partido al uso, sino una amalgama. Pese al fin de ETA conserva su poder, su red de influencia y apoyo, sus marcas y territorios liberados como antes, afirma Kepa Aulestia, quien no cree que el PNV corra el riesgo de perder terreno entre el votante nacionalista con Bildu. El PNV se mueve como un pez en el agua entre los dos mundos, apunta Joseba Arregi. Con todo, Bildu ostenta importantes cuotas de poder en municipios cuyo universo mental y realidad cotidiana es muy diferente a la de Bilbao, Portugalete o San Sebastin. Ese es el caso de Errentera, cuya alcaldesa, Aizpea Otaegi, es una de las voces que introduce contrapesos sociales al discurso de Arnaldo Otegi. La izquierda abertzale est sumida en una pugna entre los sectores ms duros y los tmidamente aperturistas, que abogan por llevar su guerra con el PNV al eje izquierda-derecha, tras el fracaso en las municipales en las que Bildu perdi frente al PNV plazas tan emblemticas como Llodio y Bermeo.

El paisaje de Errentera, poblacin de casi 40.000 habitantes, que ha crecido como dormitorio de urgencia de San Sebastin, devuelven al cronista accidental al Pas Vasco que ola a sangre, plvora y terror, desmontando la actual sensacin de paz social. Las pancartas y pintadas en favor de los presos de ETA, del terrorismo palestino, atufan el casco histrico sin respetar siquiera las paredes de una ikastola repleta de nios. Escupen odio y tribalismo. En la fachada del ayuntamiento una placa recuerda que ondea la bandera Espaa contra la voluntad popular y por imperativo legal. Porque lo simblico siempre importa a todo nacionalismo. Un mundo aislado que rechaza cualquier acento de pluralidad y que utiliza la misma dialctica de confrontacin con lo espaol que se dicta en las calles de Hernani, Galdcano, Pasajes y otros feudos de Bildu. Son el lado ms oscuro de ese oasis vasco que ha construido el PNV para controlar todos los resortes del poder. Una sociedad, en definitiva, hecha partido.

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